La madrugada del 10 de mayo tiene un sonido único en México. Antes de que salga el sol, las calles se llenan del murmullo de pasos y guitarras; grupos de mariachis y tríos afinan sus instrumentos mientras hijos e hijas se acomodan en la sala o bajo la ventana de su madre. “Las Mañanitas” resuena con una mezcla de voces, risas nerviosas y algún llanto contenido. Hay claveles y rosas frescas en la mesa, el aroma a café y a tortillas recién hechas invade la casa. Es una escena repetida cada año, pero sigue emocionando como si fuera la primera vez. Para algunos es alegría pura; para otros, nostalgia; para muchos, un recordatorio de que la madre es más que una figura: es el primer hogar, la maestra de costumbres, la guardiana de memorias y la presencia que atraviesa generaciones.
Sin embargo, pocas veces nos preguntamos por qué el Día de las Madres se celebra el 10 de mayo. Mucho menos conocemos la historia de amor, duelo y agradecimiento que lo originó. Esta fecha no nació en un anuncio publicitario ni como una estrategia comercial. Nació del gesto íntimo de una hija que no quería que el amor por su madre se perdiera; viajó de Estados Unidos a México y se fundió con tradiciones y creencias locales hasta convertirse en una de las fiestas más profundas del país. Entender esa historia nos permite dar un significado más humano a una celebración que, más allá de regalos y flores, nos invita a mirar a quienes nos dieron vida como personas reales, con historias, sueños y cicatrices.
Una hija que no quiso olvidar: Ann Jarvis y su hija Anna
La semilla de esta celebración se plantó en Estados Unidos a mediados del siglo XIX, en plena Guerra Civil. Ann Reeves Jarvis, originaria de Virginia Occidental, observaba cómo las enfermedades diezmaban a las familias. Decidió actuar: organizó clubes de trabajo para madres, conocidos como Mother’s Day Work Clubs, que enseñaban a las mujeres a mejorar la higiene y cuidar a los enfermos. Estos grupos incluso atendieron a soldados de ambos bandos durante la guerra. Ann no concibió la maternidad como un rol encerrado en cuatro paredes; para ella, cuidar era una responsabilidad comunitaria. Tras el conflicto, propuso celebrar un “Día de la Amistad de las Madres” para reunir a familias separadas por la violencia. Su idea era simple: usar el amor de las madres como herramienta de reconciliación.
Cuando Ann murió en 1905, su hija Anna Jarvis quedó con un peso en el corazón. Había escuchado a su madre decir que, algún día, le gustaría que existiera una jornada dedicada a agradecer a las madres por todo lo que hacen, en vida o en memoria. Anna transformó ese deseo en una misión personal. En 1908 organizó un servicio religioso en la iglesia metodista de Grafton, Virginia Occidental, en honor a su madre. Envió 500 claveles blancos para repartir entre los asistentes; aquella flor se convirtió en símbolo de la pureza y el amor materno. Su iniciativa no se detuvo ahí. Escribió cartas a congresistas, gobernadores, periodistas y líderes religiosos para proponer que se designara un día nacional dedicado a las madres. Logró que varios estados adoptaran la idea, y en 1914 el presidente Woodrow Wilson proclamó oficialmente el segundo domingo de mayo como el Día de la Madre en Estados Unidos.
Lo que pocas veces se cuenta es que Anna terminó disgustada con la celebración que ella misma impulsó. Al ver que los comerciantes subían los precios de las flores y que las tarjetas prefabricadas reemplazaban a las cartas escritas de puño y letra, denunció que se había perdido el sentido original. Defendía que el homenaje debía ser personal: un gesto sincero, una visita, una carta, no un gasto obligado. Su inconformidad nos recuerda que el Día de las Madres nació para expresar gratitud, no para cumplir con una obligación comercial.
Ecos tempranos en México: una celebración que germinaba
La idea de honrar a las madres no tardó en cruzar fronteras. Según recuentos históricos, en 1913 la esposa de un presbítero metodista en Oaxaca leyó en una revista estadounidense sobre el nuevo Día de las Madres y decidió replicarlo. Organizó un acto sencillo que se considera el primer festejo del Día de la Madre en México. No fue un evento nacional ni generó titulares, pero demuestra que la semilla estaba plantada. Al mismo tiempo, en Yucatán y otros lugares del país había debates sobre la maternidad voluntaria, la educación y la participación de las mujeres en la vida pública. Algunas mujeres pedían acceso a métodos anticonceptivos; otras defendían la maternidad como parte central de la identidad mexicana. Aun con opiniones distintas, todas coincidían en algo: la figura materna era fundamental para la sociedad.
¿Por qué el 10 de mayo? Tradición, fe y sentido práctico
La celebración tomó forma nacional en 1922. Diversas organizaciones, medios de comunicación y figuras públicas lanzaron una campaña para establecer un día específico en México para honrar a las madres. La propuesta tuvo un recibimiento entusiasta y, ese mismo año, escuelas, parroquias y plazas de distintas ciudades realizaron actos conmemorativos. Pero, ¿por qué se eligió el 10 de mayo?
La respuesta mezcla tradición religiosa y sentido práctico. Mayo es un mes dedicado a la Virgen María en la tradición católica, muy arraigada en el país. Honrar a la madre de Jesús se asociaba con honrar a todas las madres. Además, en aquella época los salarios se pagaban cada diez días. Elegir el 10 de mayo garantizaba que la mayoría de los trabajadores tendría dinero para comprar flores o preparar un pequeño festejo. La fecha, entonces, combinaba devoción mariana con la posibilidad real de celebrar.
Así, México se convirtió en el primer país latinoamericano en fijar oficialmente un Día de las Madres. Con el tiempo, esta jornada se arraigó tanto que, a diferencia de otros países que optan por el domingo, aquí no se mueve: si es lunes, martes o viernes, el 10 de mayo se celebra igual. En 1949 se inauguró el Monumento a la Madre en la Ciudad de México, símbolo institucional de esta reverencia. Y aunque no es día feriado oficial, en muchos lugares se permite a los trabajadores salir temprano o tomarse el día para pasar tiempo con su mamá.
Tradiciones que hacen inmortal la fecha
¿Qué hace que el 10 de mayo sea tan esperado? Más allá de la historia oficial, lo que mantiene viva la celebración son las tradiciones que se repiten cada año. Una de las más queridas es la serenata. Las familias se despiertan de madrugada para llevarle música a mamá: grupos de mariachis o tríos tocan canciones como “Amor eterno” y “Señora, Señora”, mientras los hijos cantan y reparten flores. La emoción de ver a la madre asomarse a la ventana, envuelta en su bata, con lágrimas en los ojos y una sonrisa cansada, es incomparable. Otra costumbre es regalar flores, especialmente claveles y rosas, símbolos de amor y admiración. Muchas familias preparan desayunos o comidas en casa o llevan a mamá a su restaurante favorito. Hay quienes entregan cartas, regalos hechos a mano o mensajes personales, y las escuelas organizan festivales donde los niños recitan poemas o bailan. Estas prácticas no son meros rituales; son actos de conexión que recuerdan a cada madre que su trabajo cotidiano no ha pasado desapercibido.
Una canción, en particular, se ha convertido en himno de la fecha: “Señora, Señora”, compuesta e interpretada por Denisse de Kalafe en 1982. La letra comienza así: “A ti que me diste tu vida, tu amor y tu espacio; a ti que cargaste en tu vientre dolor y cansancio…”. Cada 10 de mayo suena en radios, plazas y festivales escolares como un agradecimiento colectivo a las madres. Lo paradójico es que la artista vendió los derechos de la canción hace décadas por apenas 2 mil 250 pesos; hoy pelea legalmente por recuperarlos. Aunque la canción se ha consolidado como uno de los temas más interpretados y reproducidos en el Día de las Madres en México, Denisse no recibe regalías por ella. La historia detrás de este himno —una compositora que escribió desde la nostalgia por estar lejos de su madre y que ahora quiere que su obra beneficie a otras mujeres— añade otra capa de humanidad a la celebración.
Celebrar a la madre como persona
El 10 de mayo puede volverse rutina si se limita a cumplir con una obligación. Para evitarlo, vale la pena recordar que detrás de la palabra “mamá” hay una persona real. Las culturas mesoamericanas veneraban a deidades de la fertilidad como Tonantzin; con la llegada de los españoles, esa figura se fusionó con la Virgen de Guadalupe, símbolo materno por excelencia. A lo largo del siglo XX, el Estado y la Iglesia construyeron un ideal de madre abnegada y sacrificada. Pero cada madre es distinta. Algunas trabajan dentro y fuera de casa, otras son emprendedoras; unas tienen pareja, otras son solteras; muchas crían a sus hijos junto a la comunidad; otras encuentran apoyo en amigas, hermanas o abuelas. Celebrar a la madre también es reconocer esa diversidad.
Un buen homenaje no significa idealizarla ni cargarla de expectativas imposibles. Significa verla con humanidad: agradeciendo sus sacrificios, sí, pero también preguntándole por sus propios sueños y temores. Significa recordar que antes de convertirse en mamá, fue niña, adolescente y mujer con aspiraciones propias. Tal vez creció en un pueblo y migró a la ciudad para buscar oportunidades; tal vez dejó la escuela para trabajar; tal vez se divorció y siguió sola; tal vez tuvo que aprender a leer a la par que sus hijos. Cada historia merece ser contada y escuchada.
La fecha como memoria y lucha
A lo largo de los años, el 10 de mayo también se ha convertido en un día de reflexión y denuncia. Además de celebrar a las madres, miles de mujeres lo aprovechan para visibilizar problemas que ellas enfrentan. En México, madres de personas desaparecidas o víctimas de feminicidio salen a marchar en esta fecha para exigir justicia y recordar que su maternidad está marcada por la ausencia y el dolor. Su presencia en las calles da al Día de las Madres un nuevo sentido: más allá de la serenata y las flores, la maternidad también es fuerza, resistencia y lucha contra la impunidad.
Algunas voces han recordado que la maternidad no siempre es un camino elegido. En los años veinte del siglo pasado, feministas yucatecas promovieron la idea de la maternidad voluntaria y la educación sexual. Aunque sus ideas no se reflejaron en la celebración oficial, sí sembraron la idea de que honrar a las madres también implica respetar su derecho a decidir sobre su cuerpo y su vida. Hoy, en la era de los debates sobre derechos reproductivos, la historia del 10 de mayo nos invita a reflexionar sobre qué significa ser madre de manera libre y digna.
Entre fiestas, canciones y silencios: ¿qué nos queda del origen?
Un siglo después, el 10 de mayo sigue siendo la fecha de mayor actividad comercial para florerías, restaurantes y tiendas. Se calcula que en algunos hogares el gasto en regalos y comidas alcanza niveles similares a los de la Navidad. Y aunque el comercio forma parte inevitable de la celebración, regresar al origen nos ayuda a equilibrar. Cuando Anna Jarvis denunció el mercantilismo de “su” día, no rechazaba las flores ni los regalos en sí; se oponía a que estos sustituyeran al gesto auténtico. Ese consejo sigue siendo vigente.
¿Qué nos deja, entonces, la historia del 10 de mayo? Primero, que las fiestas más queridas surgen de historias muy humanas: de una hija que amaba tanto a su mamá que quiso honrarla para siempre; de comunidades que buscaban reconciliarse tras una guerra; de un país que decidió dedicar un día a reconocer a quienes sostienen la vida cotidiana. Segundo, que honrar a las madres no tiene por qué ser un acto grandioso; una carta sincera, una conversación profunda o un abrazo largo pueden significar más que el regalo más caro. Y tercero, que la maternidad es diversa y no debe romanticarse hasta invisibilizar sus desafíos. Celebrar a mamá también es preguntar qué necesita, escuchar su historia, acompañarla en sus luchas y respetar sus elecciones.
Mientras sigan existiendo hijos que se levanten antes del amanecer para cantar “Las Mañanitas”, mientras una madre prepare el desayuno para su familia sabiendo que ese día alguien más cocinará por ella, mientras las voces de las madres en búsqueda de sus hijos sigan resonando en la plaza, el 10 de mayo seguirá siendo una fecha inmortal. No porque lo digan los anuncios, sino porque cada persona que celebra a su madre, en vida o en memoria, renueva ese compromiso de amor y gratitud. Y porque cada año, cuando escuchamos esa vieja canción que dice “A ti que me diste tu vida, tu amor y tu espacio…”, entendemos que el amor de una madre no cabe en un día, pero un día es un buen comienzo para decirle: gracias.
Comments